Espanta y Pájaros
Liliana Bodoc, en “Reyes y Pájaros” Adaptación
- ¡Pobre Espanta!- le dijo un gorrión a una alondra-. Su tristeza es tan grande como cinco otoños, una plaga de langostas y un pan duro.
- Tienes mucha razón –contestó la alondra-. ¡Y él no llora por evitar preocuparnos!
Pero la alondra estaba equivocada. ¡El Espanta lloraba a cántaros! Sólo que lo hacía cuando estaba lloviendo para que nadie se diera cuenta.
Una lechuza, vecina de árbol, descendió dos ramas para intervenir en la conversación.
- ¿De quién están hablando?- preguntó.
- Del Espanta más viejo de por aquí- respondió el gorrión.
Los Espanta envejecen como cualquier ser viviente. Las tormentas debilitan sus esqueletos de madera, los fuertes vientos se van llevando, en hilachas de estopa, sus largas melenas. El granizo, cuando llega, les agujerea el sombrero. Y un poco, el corazón.
Igual que todos los que estamos vivos, los Espanta también sueñan. Y el Espanta que habitaba en el maizal, detrás de la loma, tenía su propio sueño. Un sueño sencillo para muchos, pero imposible para quien tiene los pies atrapados en la tierra. El Espanta soñaba con ver el arroyo que atravesaba el campo muy cerca de allí.
- Cerca para el que tiene alas, patas, piernas o tentáculos- opinó la lechuza-. Pero lejos, ¡muy lejos!, para quien tiene…
- Raíces –afirmó el gorrión.
Atado a la tierra, el Espanta escuchó durante muchos años el sonido del arroyo que pasaba. Más fuerte en verano, más suave en invierno. Más silbado en otoño, más desordenado en primavera.
- Si es tan hermoso escucharlo- suspiraba el Espanta- ¡cuánto más hermoso será verlo!
Cientos de veces le preguntó a los pájaros: ¿cómo es el arroyo que atraviesa el campo?
Y los pájaros se esmeraron en sus descripciones y respondieron como poetas:
“El arroyo es una canción que moja”.
“Es una serpiente azul que nunca termina de pasar”.
“El arroyo es la sombra de un rebaño que anda por el cielo”.
- No quisiera morir sin ver el arroyo, repitió ese muñeco de estopa.
Los pájaros estaban preocupados. La temporada de tormentas estaba cerca, y era posible que el Espanta no soportara otra granizada sobre su corazón. ¡Habría que aceptarlo…! Moriría sin cumplir su sueño.
***
Las primeras nubes de la temporada de tormenta aparecieron en el horizonte. El Espanta, que presentía el fin de su tiempo, se ocupaba únicamente de escuchar el paso del arroyo. Como si de tanto escuchar, pudiera verlo…
Tan cerca estaba y sin embargo estaba tan lejos para el que no tenía tentáculos, patas o alas.
El gorrión estuvo pensando todo el día cómo podría ayudarlo a cumplir ese deseo porque no le gustaba abandonar a su amigo.
- ¡Yo tengo alas…! ¡Y también pico!- exclamó. Y agregó-: Tú, alondra, también tienes alas y pico. También tú los tienes, lechuza.
Ese pajarito disparatado tenía una idea descabellada: pensaba que sería posible hacer un pozo, y arrancar al Espanta de la tierra. Luego alzarlo por los hombros de su saco harapiento, y llevarlo en vuelo hasta el arroyo.
- Piensa, mi buena lechuza, que tu pico puede servir para algo más que para comer insectos y semillas. Y que tus patas pueden servir para algo mejor que sostenerte en las ramas el día entero.
La lechuza, sin embargo, no se convencía con facilidad.
- Puedo aceptar eso. Pero, ¿cómo haremos para levantarlo? Así como lo ves de flaco, el Espanta es demasiado pesado para nosotros.
- Tal vez sea demasiado pesado para nosotros tres, pero no lo será para todos los pájaros del campo.
La alondra había guardado silencio. Pero cuando abrió el pico para hablar, el gorrión lamentó, por única vez en su vida, no poder sonreír.
- Aunque sea un disparate- dijo la alondra-, te ayudaré a convocarlos. Cruzaremos el cielo de ida y vuelta. Al fin y al cabo, para eso están el cielo y las alas.
Al oír semejante cosa, la lechuza comprendió que tenía dos alternativas: el entusiasmo compartido o el pesimismo solitario. Y como no era sonsa, era lechuza, eligió el entusiasmo. Y allí partieron los tres, arrastrando en su vuelo un propósito de gigantes.
Al amanecer siguiente, el Espanta vio acercarse grandes bandadas desde las cuatro esquinas del cielo. Le pareció que todos los pájaros del mundo estaban allí. Y aunque no fuera así, al menos eran todos los pájaros del campo.
Cuando llegaron, el gorrión dijo:
- Viejo Espanta, hemos venido a cumplir tu sueño. Para eso debemos arrancarte de la tierra y… ¡tú sabes de sobra lo que eso significa!
Espanta lo sabía. La tormenta, que ya ocupaba la parte más triste del cielo, era la última que podría soportar su corazón.
- ¡Estoy listo!-dijo.
El trabajo comenzó de inmediato. Muchos picos, y el doble de alas, escarbaron la tierra. Era necesario hacer un pozo muy profundo para que el Espanta quedara libre. Y había poco tiempo porque las nubes ya casi se caían.
- ¡Que no llueva todavía!- pedían los pájaros.
Y tenían razón en pedir. Porque si la lluvia se descargaba, la tierra se transformaría en barro, el pozo que estaban cavando se inundaría, y adiós sueño.
De pronto se escuchó un estruendo.
- La lluvia está cerca- advirtió la lechuza.
Sus compañeros sabían que eso era cierto. Por eso, aunque estaban fatigados y sedientos, con las plumas sucias de tierra, continuaron su dura tarea.
Al cabo de un largo rato se oyó un ruido que no era de tormenta. Era el ruido de un Espanta que se estaba inclinando.
El Espanta siguió ladeándose hasta que, finalmente, su cuerpo se desgajó de la tierra y cayó sobre el campo húmedo.
Los pájaros se miraron entre sí. Ya estaba cumplida la primera parte del trabajo; pero todavía faltaba cumplir el sueño.
Algunos con sus patas, otros con sus picos, los pájaros tomaron al Espanta desde los hombros de su saco hasta el ruedo de su pantalón remendado. Las alas se prepararon para alzar vuelo:
- ¡Ahora! –indicó el gorrión.
Entonces, el viejo Espanta ascendió despacio y con poca elegancia. Los pájaros hicieron su mejor esfuerzo, y un poco como barrilete, otro poco como avión averiado, el Espanta subió.
En ese momento, las primeras gotas de lluvia cayeron pesadas como ciruelas.
- Llegaremos, llegaremos- decían los pájaros para darse ánimo.
El arroyo sonaba cerca. El Espanta y su sueño estaban a punto de reunirse.
El cielo que los miraba quiso ser útil, y por un ratito retuvo la lluvia guardada en su boca.
Ese breve tiempo fue tan valioso como un siglo entero, porque alcanzó para que el Espanta llegara al arroyo. Allí estaba por fin, y sus ojos de botones se llenaron de lágrimas.
El arroyo del campo era más bello que la sombra de un rebaño celestial, una canción de agua y una serpiente azul. Era, en verdad, un profundo anhelo cumplido.
- Gracias –dijo el Espanta. Y luego se durmió volando sobre su sueño.
Y así, ayudando al Espanta, los pájaros también soñaron.
Subrayada en el original: En ese momento, las primeras gotas de lluvia cayeron pesadas como ciruelas.
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